lunes 21 de febrero de 2011

Santiago, Bacardí y una intelectual (Parte II)

Con una investigación inconclusa sobre Emilio Bacardí di punto final a mis años como estudiante de la Universidad de Oriente en Santiago de Cuba. En un caluroso mayo del año del Señor de 1994 ya era poseedora del título de Licenciada en Historia del Arte. Estaba lista para empezar mi vida profesional. Pero, debía primero pagarle a la Revolución.

Me repitieron muchas veces que de no ser por la Revolución jamás hubiera podido estudiar en la universidad. Que los hijos de padres obreros (como yo) no hubieran podido pagar los altos costos universitarios. Que en los países capitalistas los campesinos, obreros y proletarios no van a la universidad. Es más ni siquiera a la escuela elemental. La Revolución había sido tan y tan generosa, que no vaciló en pagarme toda mi carrera. Bueno, también me sometió a verdaderas torturas cognitiva-filosóficas que bien hubiera podido ahorrarse:
-          Economía Política I y II
-          Filosofía Marxista Leninista I y II
-          Socialismo Científico I y II
-         - Todo un semestre de entrenamiento militar (armar y desarmar AK 47, tiro al blanco, camuflaje, defensa ante ataques antiaéreos, en fin.)

Bien, quejas aparte, lo cierto es que yo no había pagado ni un solo peso por toda mi educación y ahora no podía menos que devolver tamaño sacrificio, trabajando donde me necesitara la Revolución, dispuesta a recibir un salario mensual no mayor a los 200 pesos cubanos al mes y a trabajar “voluntariamente” los domingos rojos  y a asistir los sábados a los entrenamientos de las Milicias de Tropas Territoriales (MTT) y a hacer las guardias nocturnas en mi CDR (Comité de Defensa de la Revolución).


Sacrificado, pero ahí estaba yo, toda una “licenciada en Historia del Arte” (que no era poca cosa) lista para lo que fuera. Con espíritu revolucionario, tal como lo aprendí de Marx y Engels, sin pretender aportar a la plusvalía capitalista y con la certeza de que, aunque muy joven, era ya dueña de los medios sociales de producción de mi país. ¡Ah! y, por supuesto, ni pensar en que entraba en un mercado laboral competitivo ¡emulación socialista! y Patria o Muerte. Venceremos.

Solo faltaba que me dijeran el lugar. Donde sea y para lo que sea, Comandante en Jefe, ¡Ordene! ¡Pa lo que sea Fidel, pa lo que sea! (aunque no crean las consignas se pegan). Lista, listísima. Con la moral revolucionaria en alto… hasta que finalmente llegó el nombre del lugar. Pal carajo el Comandante, coño. ¡Cómo que pa’l cementerio! ¿Qué voy a hacer yo en un cementerio? ¿De qué me sirve tanto marxismo, la lectura completa de los tres tomos de El Capital, en un cementerio? Terrible. Injusto. Lloré como loca. Pero era mi deber cumplir con la Revolución. Allí era donde me necesitaban y no le fallaría a Fidel. Me sequé las lágrimas, ahogué los suspiros, me arremangué los pantalones y el próximo lunes ya caminaba hacia el Reparto “Boca Arriba” (qué chistosos los cubanos). Me reportaba a mi nuevo y primer trabajo en la vida: el cementerio Santa Ifigenia en Santiago de Cuba.

Trabajo en Santa Ifigenia
El trabajo era sencillo. Debía ser guía de museo en la parte histórica del cementerio.
Con cierto desdén escuché las indicaciones de mi jefa del Ministerio de Desperdicios Sólidos. Sin hacerle mucho caso a lo que decía, comencé a explorar mi museo y, hoy debo confesar, fue un amor a primera vista. Me enamoré perdidamente del cementerio. Allí trabajé no solo con pasión, sino con el gusto de los que pertenecen, de los que son, de los que nunca se van y siempre regresan.

Santa Ifigenia fue fundado en 1878 y allí, la burguesía santiaguera hizo gala de magnificencia. Arte funerario impresionante: neoclasicismo, art decó, eclecticismo, barroco. Esculturas y panteones imponentes. Mármoles de Carrara. Mármoles negros. Silencio. Orden. Árboles. Brisa. Símbolos cristianos, masónicos, judíos, musulmanes. Epitafios de amor. Allí también me esperaban los héroes de nuestras guerras de independencia: Carlos Manuel de Céspedes, Mariana Grajales, José Maceo, Flor Crombet, José Martí, Emilio Bacardí.

Los primeros días ni siquiera comía, no tocaba nada, caminaba en puntitas de pie y siempre andaba asustada. Le tenía pánico a los fantasmas y a que, de repente, se abriera un sarcófago y una mano me llevara al más allá. Pero no pasó una semana y ya me paseaba a mis anchas por los pasillos de cruz latina, contaba las tumbas, leía epitafios, hablaba con los muertos y espiaba las ceremonias “secretas” que de vez en vez se celebraban en algún que otro panteón. Mi sitio preferido era el banquito frente a la tumba de Tomás Estrada Palma. Y lo sigue siendo, porque hasta allí “vuelo” cada vez que mi alma necesita descanso. Me siento, recibo la brisa en mi cara, escucho el silencio y miro al cielo.

El trabajo principal consistía en atender los visitantes al Mausoleo de José Martí. Pronto recitaba con toques y palabrería muy de “intelectual” el estilo art decó con el que se diseñó el mausoleo, las seis cariátides y sus significados, los monolitos de la entrada, la tierra depositada proveniente de los países libres de América, las piedras que conforman todo el monumento y su conexión con las canteras de San Lázaro. La luz que siempre, no importa la hora del día, entra y se derrama por la urna funeraria gracias a un precioso lucernario. La escultura de un Martí pensativo y las eternas e infaltables rosas blancas que acompañan al Maestro.

Bacardí y yo de vuelta en el cementerio
El Mausoleo a Martí no era mi única tarea. Debía llevar al visitante a través de unos puntos previamente marcados. Primero Martí, luego el panteón de los caídos por el Internacionalismo Proletario, de allí hasta la tumba de Carlos Manuel de Céspedes, pasando por Tomás Estrada Palma pero sin mencionarlo por vendío al Imperialismo Yanqui, dejando al lado izquierdo un templo masónico y obviando la preciosa pirámide de mármol negro que compone la tumba de don Emilio Bacardí.


Tenía 24 años y nunca antes me habían botado de trabajo alguno. Nada que perder. Hice mi propio guión de visitas en la que incluí, por supuesto al Bacardí de mi predilección. Les conté a todos mis ‘clientes” quién fue don Emilio, todo lo que hizo por la ciudad, su gesta revolucionaria, sus amores y su pasión por la literatura y el arte. Todos los días le llevaba a don Emilio las rosas blancas que se descartaban del mausoleo de Martí y lavé con agua limpia su tumba. Escuché a los sepultureros más viejos decir que la pirámide era tan grande que solo fue posible transportarla hasta su lugar montada sobre inmensos bloques de hielo. También eso fue incluido en mis charlas ante la tumba de don Emilio.

Ya me miraban raro. Me lo advirtieron. No puedes llevar a los visitantes a esa tumba. No está incluida. Pero ya lo dije, 24 años, qué me importaba. No solo seguí haciéndolo, sino que agrandé mi campo de acción. Husmeé en los libros del propio cementerio y encontré a toda la familia Bacardí, cuyas tumbas fueron relocalizadas en la década de 1950 para la construcción del Mausoleo de Martí, y desde entonces “perdidas” para sus seres queridos. Solo faltaba la matriarca, doña Lucía Victoria Moureau. La busqué y la busqué, pero no apareció. Es la única que no está allí. Luego supe que su cadáver quedó en Kingston, Jamaica y a pesar de múltiples intentos, Emilio no pudo nunca traerla de vuelta a su Santiago
.
Yo no lo sabía, pero mis días en Santa Ifigenia estaban más que contados. En abril anunciaron que para el aniversario número 100 de la muerte de José Martí, que ocurriría el 19 de mayo de ese año de 1995, el propio Fidel iría al cementerio. El lugar se llenó de agentes encubiertos que me acompañaban a todas partes, las cámaras inundaron los árboles, las amenazas ‘enemigas” justificaron todo tipo de acción, hasta el vuelo de los pájaros fue debidamente monitoreado.

  Una semana antes del gran evento, me anunciaron que debía irme “voluntariamente” de vacaciones. Nunca regresé. No hubo carta de despido. Solo una frase lapidaria (que espero no sea mi epitafio) al lado de mi nombre: No confiable.


Todavía el destino me deparaba otros derroteros conectados con Bacardí. La historia continuará.

sábado 8 de enero de 2011

Santiago, Bacardí y una intelectual


Es Santiago de Cuba. Esa ciudad que Federico García Lorca definió como ¡Arpa de troncos vivos, caimán, flor de tabaco!

Es 1994. Santiago ebulle de preparativos para celebrar, en 1995, el 480 aniversario de su fundación. Mientras tanto, yo, santiaguera de nacimiento, intentaba definir el tema de mi tesis para graduarme, también en 1995, de Licenciada en Historia del Arte de la Universidad de Oriente… Es Santiago de Cuba “brisa y alcohol en las ruedas…”

Propongo tema tras tema y ninguno es aceptado por mis directores de tesis. Un buen día, mi padre sugiere uno que me gusta. Me atrapa. Historiar al primer alcalde de la ciudad (de mi ciudad) Emilio Bacardí Moreau. Estudiar su relación con el arte. Su filantropía. Sus aportaciones culturales al Santiago de su tiempo. Lo presento y no espero respuestas. Me lanzo a la investigación. La ciudad sigue enfrascada en su celebración. Yo, comienzo a caminar taciturna por sus callejones. Me paseo calle arriba, calle abajo. Cuento los adoquines. Miro asombrada el edificio neoclásico de la ciudad (el Museo Bacardí), la biblioteca majestuosa (la que lleva el nombre de la esposa de don Emilio). Entro. Pregunto. Cuestiono. Sueño. Todo lo que no se suponía que debía hacer. Bacardí, en la Cuba de 1994, era (y creo que sigue siendo) sinónimo de contrarrevolución. Hacer toda una tesis de un Bacardí era más que gusanería. Yo debía ser poco menos que una lumpen al servicio del imperio yanqui para siquiera pensar en algo como eso. Los Bacardí aparecían en lugar prominente en la lista negra del Gobierno Cubano. Apátridas. Terroristas al servicio de la CIA. Traidores. Gusanos. ¿Una tesis de un Bacardí? Locura total. “Lo que te van a dar, en lugar de un título, es una patá por el culo,” me llegó a decir un historiador catalán que merodeaba los archivos santiagueros por esos años, y que al parecer conocía mejor que yo la intríngulis marxista-leninista de mi gobierno. Pero yo tenía 23 años. Y, por supuesto, nada me detuvo hasta finalmente defender mi tesis “Emilio Bacardí: un hombre de su tiempo,” con la que obtuve un sobresaliente y un título que hoy cuelga, enmarcado, muy cerca de donde escribo.


La investigación


Realicé esta, mi primera investigación histórica, en poco menos de seis meses. Todos los días visitaba el Archivo Histórico de Santiago y entre miles de papeles y cajas a punto de desaparecer bajo el polvo y la polilla, encontraba uno que otro documento digno de ser copiado en mi única libreta (ni pensar por aquellos días en la magia de una fotocopiadora o la maravilla de un documento digital, tampoco en una cámara fotográfica) La libreta en cuestión llegué a cuidarla más que a mi propia vida. Me imaginaba que luego de tanto copia que copia, busca que busca, me la robaban. De más está decir que, esa libreta de rayas verdes, se convirtió en mi bien más preciado, en mi único objeto de lujo. Incluso, vino en mi maleta, cuando en 1996 decidí marcharme de Cuba.

La biblioteca Elvira Cape (lleva el nombre de la esposa de don Emilio) fue otro de los espacios donde investigué. Aquí tuve un poco de mejor suerte que en el Archivo. Luego de dos o tres meses de visita diaria, pude granjearme la confianza del encargado de la sala de “libros raros,” lugar adonde había ido a parar todo lo que tuviera que ver con nombres proscritos como Bacardí. Pero tampoco fue mucho lo que allí pude encontrar. Creo que, en realidad, no hice grandes aportaciones a la historiografía Bacardí. Nada que no se hubiera publicado ya en algún otro lugar o en algún otro momento. Pero yo me fui enamorando del tema. Soñaba con los ojos azules de don Emilio. Recreaba, como en una novela, los hechos que durante el día recopilaba en los archivos o en la biblioteca. Y, aunque sin grandes expectativas, sí pude conocer una historia que había sido excluida de los libros de historia en todo el país. Una historia que, probablemente el mundo entero conocía, menos yo y toda mi generación que vivía aún en Cuba.


Hallazgos

El tema de mi tesis era don Emilio. Pero fue imposible sustraerme solamente a él. De forma obligada tuve que irme a su familia, sus orígenes, el inicio de un pequeño negocio para destilar ron que empezó con el nombre de “Bacardí y Boutellier”; el símbolo del murciélago; la quiebra; el incendio que devoró la fábrica; las revoluciones pro independencia; el exilio familiar a Jamaica y la muerte de Lucía Victoria Moureau (madre de don Emilio) en Kingston sin que su cadáver pudiese ser trasladado a Cuba; la conspiración revolucionaria de don Emilio; encarcelamiento en las islas Chafarinas; su elección como primer alcalde de Santiago de Cuba; el amor, expresado en cartas cursadas entre los hermanos Bacardí Moreau, por el árbol de coco que crecía en la misma entrada de la fábrica de ron. Y ya más tarde, el trabajo de Emilio como mecenas de la ciudad: el museo, la biblioteca, la Banda Municipal, el alumbrado público…

Fue entonces que salí de las salas de los archivos y me fui a caminar por la ciudad buscando el rastro de mi investigado y estos fueron los resultados:


- El museo Bacardí llevaba cinco años cerrado por “remodelación”. Las piezas que componían la valiosa colección, permanecían mal almacenadas y los rumores de robos y ventas de estas obras eran constantes.

- Justo al frente del Museo, está la placita Bacardí. Es un pequeñísimo parque que tiene, a manera de busto, la mascarilla mortuoria de don Emilio, realizada por su hija Lucía Victoria (Mimín). Esta escultura se encontraba “enterrada” bajo una inmensa caja de cemento. En algún momento postrevolucionario, se decidió que el homenaje a un Bacardí no era ideológicamente correcto, por lo que debía desaparecer del entorno urbano. Así que quedaba un banco para sentarse, un árbol milenario, muchas palomas y un gran túmulo de cemento que pocas personas sospechaban lo que guardaba.

- Las oficinas centrales de Bacardí eran ahora una fábrica de medias. Aunque completamente dividida en pequeños cubículos, aún se puede ver el inmenso murciélago que forman las losetas del piso.

- La casona señorial ubicada muy cerca del parque Céspedes que una vez fuera de la familia Bacardí, fue entregada luego de la Revolución a infinidad de familias que ocuparon cada habitación y cada espacio. Lo que una vez fue una magnífica sala, ahora es un espacio para jugar baloncesto (sin la mitad del techo); por el patio central pululan los cerdos y las gallinas aunque mantiene intacto un precioso mural hecho en mosaicos valencianos que representa a San Jorge (patrón de Cataluña) matando al dragón.

- Mientras que en la fábrica de ron ya no está el famoso cocotero y tampoco ninguno de los murciélagos que remataban la fachada. Todos fueron tirados abajo por marrones revolucionarios. Allí no me permitieron ni siquiera entrar. Estaba completamente prohibido.

- Villa Elvira, la casa de campo de la familia Bacardí-Cape en las afueras de Cuabitas, lugar donde murió don Emilio y de la que se conservan abundantes descripciones gracias a la prensa de la época, es ahora una casa-escuela para niños del campo. Sobre la antigua piscina se construyó una estructura que sirve como salón de clases, las esculturas de Mimín Bacardí que ubicaban en los jardines, siguen ahí, solo que sin cabeza, sin brazos y arropadas de maleza. La casona conserva su grandeza, a pesar de las subdivisiones sin sentido. También allí sigue un piano de cola y un inmenso reloj de péndulo que, sin dudas, son muy Bacardí. La gran escalinata que compone la fachada también sigue en pie. Allí se sentó un día toda la familia para tomarse una foto. Imagen que aún se conserva. Yo me senté en esa escalera y respiré el recuerdo.

Y pasaron los meses. Y finalmente presenté mi tesis. Mi padre lloró. Me felicitaron. Me recomendaron que la publicara. Todos contentos. Y ya.

Así llegó el ansiado aniversario 480 de la fundación de la ciudad. Alguien se dio cuenta que en la Plaza Bacardí había una escultura enterrada y quitó aquella infame caja de cemento. El museo reabrió con menos piezas, pero renovado. Lo demás quedó igual. Bacardí siguió en la lista negra de los proscritos y la ciudad continuó su rumba en lontananza.

Yo, recién graduada y con aires de gran intelectual, me fui a cumplir mi servicio social adonde la Revolución me mandara. Solo que jamás pensé que fuera… ¡Al Cementerio!


Continuará...

sábado 31 de julio de 2010

El recinto número 12


La tecnología parece ser hoy la partera de la historia. Y en el plano de la educación, la propia tecnología impone nuevos paradigmas que luchan por emerger entre los ya obsoletos y bicentenarios cánones asumidos por las universidades en el siglo XIX.

Y es que el panorama desde los mil ochocientos para acá, ha cambiado considerablemente. Ya no estamos ante gigantescas fábricas, sino ante una economía que está centrada en el conocimiento y la información como bases de productividad y competitividad. El mayor valor agregado ya no lo tiene la producción manufacturera, sino un producto intangible y escurridizo: el conocimiento. Y no un conocimiento cualquiera o fragmentado. No. Para enfrentarse al mercado laboral en los próximos años habrá que conocer mucho de todo; ser capaz de manejar gran cantidad de información y dominar la tecnología asociada a la especialidad.

Un estudio reciente, realizado por la Fundación Lumina, sugiere que Estados Unidos necesitará graduar a un millón de estudiantes universitarios anualmente, por los próximos 16 años, si pretende seguir siendo una nación competitiva. Mientras que el Departamento del Trabajo asegura que, en los próximos 10 años, los trabajos de mayor crecimiento serán aquellos que exijan estudios universitarios. Reconociendo la importancia de las universidades en este nuevo panorama económico, la administración Obama ha invertido considerables millones de dólares para alcanzar tres objetivos: 1-que cada ciudadano norteamericano reciba, al menos, un año completo de educación universitaria; 2-conseguir la tasa de graduación más alta entre los países desarrollados para el 2020; 3-fomentar el aprendizaje perenne, de por vida.

Con estos esfuerzos gubernamentales (regidos por la necesidad histórica) se puede predecir que no pocas personas regresarán a la universidad en busca del conocimiento perdido (ya se habla de un 73% de estudiantes “no tradicionales”). Otros continuarán estudios postgraduados. Y, no faltarán los estudiantes regulares o de nuevo ingreso. Ahora bien, ¿qué hacemos con esta información? ¿de qué nos sirve saberlo si no hacemos nada, si permanecemos estáticos, como dinosaurios en negación?

La anticipación, o visión prospectiva, es una de las virtudes que garantizan el éxito dentro un mundo activamente globalizado. Estar en el lugar correcto, en el momento oportuno y con un producto o servicio excelente e innovador, constituye la clave para el futuro de todo tipo de organización, incluyendo a las universidades. Incluyendo también, por qué no, a la universidad del Estado.

Es por esto que propongo el nacimiento de un nuevo recinto para la UPR (el #12). Un campus que ofrezca sus clases completamente en línea, asumiendo el nuevo entramado tecnológico, pero con su mirada fijamente puesta en la calidad. Ese sería su sello y ahí radicaría su competitividad. La oferta académica de este recinto serviría a todos los estudiantes del sistema UPR (activando su función unificadora); llegaría hasta aquellos que viven en áreas aisladas sin importar la ausencia de transportación pública; garantizaría la continuidad de sus períodos lectivos aún en tiempos de huracán; unificaría los esfuerzos aislados que hacen los recintos por implantar proyectos de educación a distancia efectivos; y podría (y debería) convertirse en un auténtico imán de talentos, atrayendo a investigadores y estudiantes extranjeros (tal como lo hacen MIT, Harvard o Columbia).

El campus virtual de la UPR, sin paredes, estacionamientos, pupitres, ni horarios, permitiría a sus estudiantes, no solo crear un conocimiento duradero y útil, sino que los prepararía tecnológicamente para enfrentarse a un mundo laboral interconectado, hipervinculado y ciberespacial. Mientras que daría a la UPR la frescura, ese soplo de vida que necesita para reinventarse, adaptarse a los nuevos paradigmas y caminar hacia el futuro.

domingo 9 de mayo de 2010

La tienda de los milagros nueve años después


Luego de mucho tiempo sin escribir en este espacio catártico, hoy me decido no a colocar algo nuevo, sino a repasar algo que escribí hace ya nueve años. El 5 de mayo de 2001, apareció en Primera Hora la columna que redacté como editora de la revista Mujer XXI.
Lo escribí para mi hijo mayor que entonces tenía 9 años(todavía Adrián no nacía). Hoy, un poco nostálgica, la saco de mis gavetas y la traigo al espacio digital.
Debo reconocer que me ha sido difícil no "corregir" absolutamente nada. La reescribo tal cual. Acompaño también la imagen de hace nueve años atrás. Aquí va

La tienda de los milagros


Aún recuerdo mi reincorporación a la vida universitaria, luego de un año dedicada exclusivamente a la tarea de ser una madre jovensísima.
Por esos días dábamos un curso de relaciones públicas y uno de los ejercicios consistía en jugar a la tiendita de los milagros. Cada uno de los estudiantes debía vender y comprar lo que consideraba más preciado. Se vendieron en subasta pública, poesías, atardeceres, unicornios azules, nubes y composiciones surrealistas. Yo fui muy mala compradora. No necesitaba nada porque ya lo tenía todo. Sólo podía llevar al mercado, para todo el que lo quisiera, lo más sublime que conocía: la maternidad.
No hubo ofertas. Todos me miraron y se acabó el juego. Si hoy, nueve años después, pasas por la tiendita de los milagros podrás notar que sigo vendiendo lo mismo. Es cierto que el camino no ha sido fácil. Es verdad que ya no duermo como antes. Reconozco que a veces me siento abrumada entre tantas responsabilidades. Confieso que en ocasiones he sentido envidia de las amigas que viven sin horarios.
Pero, todas estas cosas se desmoronan cuando lo tengo frente a mí contándome lo que hizo un amiguito en la escuela y casi no lo escucho porque estoy pensando en cuánto ha crecido. Qué me importa tener que salir de tienda en tienda a buscar las nuevas postales de colección, si en sus libretas trae notas de lo bien que se ha portado últimamente. Qué de malo tiene haberme perdido aquella fiesta, si de todas formas me divertí estudiando los vertebrados para el próximo examen de ciencia.
En la tiendita milagrosa también trato de desechar reproches. Aún no me perdono no haber estado con él esa noche en que se partió un diente. Ni el día que le empezaron a salir las varicelas. Debí haber dado una excusa en el trabajo para poder ir a aquel field day en que ganó su primera medalla.
El mismo niño se rió de todos ellos, diciendo !Cómo si fueras la super mamá! El, a diferencia mía, no tiene ningún reproche. Su cariño es incondicional. Me quiere porque, sencillamente, soy su madre.
De cualquier modo, con errores y aciertos, sigo incansable proponiéndole a todo el que visita la tienda de los milagros, la experiencia más sublime de la Tierra.

miércoles 26 de noviembre de 2008

Archivo General de Puerto Rico: Cerrado hasta nuevo aviso



-¿Existe el pasado concretamente, en el espacio? ¿Hay algún sitio en alguna parte, hay un mundo de objetos sólidos en el que el pasado siga acaeciendo?
-No.
-Entonces, ¿dónde existe el pasado?
-En los documentos. Está escrito.
-En los documentos. Y,¿dónde más?
-En la mente. En la memoria de los hombres.
-En la memoria. Muy bien. Pues nosotros, el Partido, controlamos todos los documentos y controlamos todas las memorias. De manera que controlamos el pasado, ¿no es así?


George Orwell

La memoria de Puerto Rico se pierde, se esfuma, se la comen los hongos, la asfixia el calor. El Archivo General de Puerto Rico se está derrumbando en nuestras propias narices y no parece importarle a muchos.

La principal memoria histórica del país vive en un edificio lindo por fuera y podrido por dentro. Ochenta mil pies cúbicos de documentos (nuestros documentos), se encuentran domiciliados en la avenida Ponce de León #500. Allí a la vista de todos, y majestuosos frente al parque Luis Muñoz Rivera, agonizan mapas y planos que pueden datar del siglo XVIII; ochocientos periódicos y revistas de fines del XIX; más de dos mil videocintas; alrededor de ciento cincuenta mil fotografías y negativos; fondos documentales de toda la administración colonial española y más, mucho más. Allí, incluso, usted podría encontrar el dato que busca para evidenciar su ciudadanía, su título de propiedad o hallar el rastro indeleble de sus ancestros.

El edificio, remodelado con sumas millonarias por la gobernadora Sila M. Calderón, cerró silenciosamente sus puertas desde hace más de cuatro meses. Como si de una conspiración se tratara, no se habló del tema. Por allí cerca pasaron (y pasan) manifestaciones, protestas, gruomaníacos, caravanas, políticos, religiosos, sindicalistas, se celebró el Día del Perro y hasta la parada Gay, pero nadie lo notó. Es cierto que no fue el fin del mundo. No se trata de las hermas atenienses, ni el cierre de Plaza las Américas, sino un simple Archivo General. El lugar donde se encuentra la historia de la nación. Una nación que resiste día a día desde las trincheras de la cultura, el embate globalizador y asfixiante de los imperios. El lugar desde donde provienen las evidencias del devenir económico, político, social, religioso y cultural de la sociedad puertorriqueña durante los últimos 275 años. El lugar desde donde se podrá, algún día, componer la historia del presente.

Hace más de veinte años, que se escucha la voz de los archiveros, historiadores e investigadores pidiendo a alguien que haga algo. Pero no pasa nada. El Archivo lo cierran, lo abren, lo “remodelan”, lo fumigan, lo cierran, le compran aires acondicionados nuevos, lo abren, se rompen los aires acondicionados nuevos, lo cierran… lo cierran sin decir por qué ni hasta cuándo. Eso sí, informan que hasta “nuevo aviso.” En eso son gentiles.

Como pedir no funciona. Como no se puede esperar más. Como está en juego las entrañas del país, propongo al Presidente de la Asociación Puertorriqueña de Historiadores se encarame cuanto antes en la primera grúa que tenga a su alcance y no se baje de ahí hasta que un legislador suba y prometa por su madre que atenderá el asunto. O, de lo contrario, que los archiveros, historiadores, investigadores, y profesores creemos el Fideicomiso Pro Justicia y Dignidad Histórica y lloremos, lloremos mucho frente a las cámaras de televisión para que generosamente lleguen fondos al agonizante Archivo General. Y si esto no rinde frutos, siempre quedará la opción de llamar a Ojeda. ¡Eso sí que funciona!

Mientras tanto elevemos una oración para que finalmente “alguien” se percate de que el edificio no es práctico para albergar un archivo como Dios manda; que no importa cuánto se gasten hoy, tarde o temprano, los hongos volverán y los equipos se romperán. Ese “alguien” además, deberá notar algo ligeramente evidente: el Instituto de Cultura Puertorriqueña no puede administrar correctamente el Archivo General. El grito de autonomía, esta vez, va para el Archivo General de Puerto Rico. Al menos, “hasta nuevo aviso.”


lunes 14 de julio de 2008

Fidel y yo


Parecía como si la muerte hubiera decidido hacerle caso al nobel de literatura José Saramago y, sencillamente, no aparecer ni cumplir sus funciones. Quizás, por esas intermitencias de la muerte, siempre había creído, tal vez a nivel de ese inconsciente jungiano, en la inmortalidad de Fidel Castro. Claro, hasta ahora que me despiertan, las noticias de su enfermedad, posible gravedad o hasta más ¡su deceso como cualquier mortal! Y es entonces, cuando llegan las reflexiones.

Creía que odiaba a Fidel. Pero, ¿cómo aborrecer a un personaje que, en gran medida, ha vivido contigo toda tu vida? Porque en realidad, Fidel ha regido mis destinos. Nací, no bajo la constelación del Toro como dice mi horóscopo, sino bajo los influjos de Fidel Castro. Justo cuando las energías enteras de mi mundo (Cuba) estaban empeñadas en producir diez millones de toneladas de azúcar. Era 1971 y ya se sabía del fracaso total, no sólo de los millones de azúcar, sino también de las 12 millones de cabezas de ganado vacuno y 500 mil toneladas de pescado.

Gracias a Fidel formé parte, durante toda mi infancia, adolescencia y adultez temprana, de un gran experimento, que afuera llaman “Revolución Cubana.” Y, (de nuevo debo dar gracias), por esta casualidad de mi destino, es que ahora, puedo ahorrarme unos cuantos dólares en visitas al sicoanalista, porque de antemano sé exactamente la causa de mis neurosis, mis alteraciones de carácter y también de mis fracasos: Fidel Castro.

A ver si no. Cualquier ente medianamente sensato pensaría que el fracaso estrepitoso de los 10 millones es suficiente para no volver a cometer el mismo error. Pero no. Más tarde la panacea a todas nuestras carencias vendría en forma de vaca (no una vaca cualquiera). La famosa Ubre Blanca, que implantó récord en 1980 de producción lechera y a la que veía (por fuerza) todos los días por los únicos dos canales de televisión, iba a sacarnos del subdesarrollo. Cuba no sólo iba a vender millones de litros de leche de esta vaca, sino que ya en 1987, Fidel estaba seguro de que podría crear “prodigiosos descendientes” que darían cien litros de leche al día cada uno. Veía a Fidel visitar con mucha frecuencia a Ubre Blanca (yo creo que hasta hablaba con ella) e incluso se le hizo un monumento en Isla de la Juventud. Se dice por ahí, en los círculos más paranoicos, que en efecto clonaron a la vaquita y que pronto, muy pronto, nadaremos en mares de leche y abundancia.

Luego, por ciclos intercalados, volvimos todos a meternos en la fiebre del azúcar y más tarde del café. Tuve que ir muchos domingos con mi madre a cortar caña en camiones rusos, con alegría revolucionaria. Luego, con el mismo entusiasmo, sembramos café hasta en los espacios verdes de las carreteras y autopistas. Incluso, papá Fidel (así yo le decía) iluminó a todos con la idea de desecar la Ciénaga de Zapata, ¿para qué hace falta un pantano lleno de cocodrilos, ante la necesidad imperiosa de la Revolución de producir café?

Debo decir que con ese mismo empeño y voluntariedad participé en las diferentes campañas revolucionarias. Contra el dengue y los mosquitos trasmisores (no quedó Aedes Aegipty vivo); a favor de las vacunas (a vacunar a todos los niños en las escuelas con “pistolitas”, en fila india y sin la autorización de los padres); contra los gusanos que se van del país (a tirar huevos a todos los que se aparezcan por Inmigración, si estaban congelados y podridos, mejor); defensa contra ataques aéreos inminentes (a construir refugios subterráneos en cada esquina, no importa que se hunda el país ni que en esos huecos pestilentes se reproduzca el Aedes Aegipty)

Todo esto y aún no sobraba petróleo para mantener alumbradas las casas, ni el azúcar o el arroz para eliminar las “libretas de abastecimiento,” o el dinero para comprar ropas, zapatos y juguetes. Aunque, eso sí, ya éramos un país “en vías de desarrollo” desde hacía mucho tiempo.

Pero llegó lo inesperado. La Unión Soviética y el bloque socialista decidieron cambiar sus rumbos. Así que para nosotros, siempre bajo el liderazgo supremo de Fidel Castro, era la hora de sacrificio (¿más?). Bueno, sin preguntar mucho, ahora debíamos ahorrar petróleo. Nos piden que apaguemos los aparatos eléctricos, las luces y todo lo que huela al preciado líquido. Es la hora de apagones de hasta tres días, de sembrar algo comestible hasta en las macetas de las rosas, de criar cerdos en los baños de los apartamentos, de hacer jabón de sábila, carne de las colchas de mapear y de aprovechar al máximo todo: hasta las cáscaras de los plátanos había que comérselas.

En 1996, debo dar gracias de nuevo a Fidel, porque sin él jamás hubiera decidido marcharme de mi país. ¡Y cómo nadie es profeta en su tierra! Sin él, quizás nunca hubiera tenido que separarme de toda mi familia y vivir sola con mis hijos. Debo agradecerle porque mi esposo no tiene que soportar a su suegra, yo no tengo que cuidar a mis sobrinos y primos (que ni siquiera conozco) y tampoco someterme al escrutinio del clan familiar.

Con este historial nadie se sorprende que todos los días amanezca con un invento nuevo, que me obsesione con empresas quijotescas, que padezca de un extraño síndrome antisocial o que imagine personajes misteriosos que me persiguen y escuchan mis conversaciones y que hasta hable con los animales, especialmente con las vacas.

Gracias a Fidel soy insanamente feliz, obstinada, sé reconocer a un Aedes Aegipty de un mosquito común, sé armar una AK 47 rusa, sé hablar ruso, sé cortar caña, recoger papas, tirar huevos, repetir consignas, correr al refugio más cercano cuando suene la sirena. Puedo vivir sin luz eléctrica, sin comida, sin mi familia y sin zapatos. Y eso sí, siempre optimista, porque sé que soy un ser humano en “vías de desarrollo.”

En el punto ¿rojo? de mi Colimador



No me acuerdo cuándo lo leí. Debió ser en los años de secundaria en la escuela José Martí de Ciego de Ávila, un pueblo enaltecido a provincia por la Revolución Cubana, pero nunca por el desarrollo, donde viví durante la mayor parte de mi infancia.

En fin, lo cierto es que como parte del currículo de mi educación marxista-leninista, debí leer En el punto rojo de mi colimador. Este libro, a diferencia de los que devoraba por ese entonces firmados por Julio Verne y Agatha Christie, no me impresionó por el contenido, sino por su título. Recuerdo nítidamente cómo volaban las imágenes del colimador, ¿qué era?, no importa, la palabra sonaba imponente, abrasante, grande, casi mística. Yo me veía en lo alto de mi propio colimador, que aparecía ante mí como una inmensa montaña tipo Olimpo, y desde ahí auscultaba el panorama, mi vida, sus personajes, mi historia, mi pasado y también, un futuro que desconocía.

Ya han pasado varios años (creo que más de 20) y sigo teniendo problemas con el concepto de colimador. Es claro. Mis imágenes adolescentes han sido más fuertes que los diccionarios y la Wikipedia.

El libro inspirador, En el punto rojo de mi colimador, fue escrito por Álvaro Prendes y cuenta las experiencias del autor como piloto de las Fuerzas Armadas Revolucionarias durante el ataque a Bahía de Cochinos. Obviamente, su colimador debió ser el aparato del avión que no estoy muy clara cuál es su función. Infiero también que los que estuvieron en el “punto rojo de su colimador” no la debieron pasar muy bien. Pero, dice la Wikipedia (que todo lo sabe) que colimador también es “un sistema que a partir de un haz (de luz o de electrones) divergente obtiene un ‘haz’ paralelo.”
Ya lo dije, no sé todavía qué es un colimador. Pero aquí estoy parada, en mi colimador que es (como ya saben) una gran montaña misteriosa, inmensa. Ahora la lleno con un haz de luz paralelo, divergente y homogéneo. También puedo agregarle una mirilla. Roja para no desentonar.
Desde aquí podré escribir lo que quiera y espero tener alguien que lea. Siempre desde la perspectiva (no roja) de mi particular Colimador.