miércoles 26 de noviembre de 2008

Archivo General de Puerto Rico: Cerrado hasta nuevo aviso



-¿Existe el pasado concretamente, en el espacio? ¿Hay algún sitio en alguna parte, hay un mundo de objetos sólidos en el que el pasado siga acaeciendo?
-No.
-Entonces, ¿dónde existe el pasado?
-En los documentos. Está escrito.
-En los documentos. Y,¿dónde más?
-En la mente. En la memoria de los hombres.
-En la memoria. Muy bien. Pues nosotros, el Partido, controlamos todos los documentos y controlamos todas las memorias. De manera que controlamos el pasado, ¿no es así?


George Orwell

La memoria de Puerto Rico se pierde, se esfuma, se la comen los hongos, la asfixia el calor. El Archivo General de Puerto Rico se está derrumbando en nuestras propias narices y no parece importarle a muchos.

La principal memoria histórica del país vive en un edificio lindo por fuera y podrido por dentro. Ochenta mil pies cúbicos de documentos (nuestros documentos), se encuentran domiciliados en la avenida Ponce de León #500. Allí a la vista de todos, y majestuosos frente al parque Luis Muñoz Rivera, agonizan mapas y planos que pueden datar del siglo XVIII; ochocientos periódicos y revistas de fines del XIX; más de dos mil videocintas; alrededor de ciento cincuenta mil fotografías y negativos; fondos documentales de toda la administración colonial española y más, mucho más. Allí, incluso, usted podría encontrar el dato que busca para evidenciar su ciudadanía, su título de propiedad o hallar el rastro indeleble de sus ancestros.

El edificio, remodelado con sumas millonarias por la gobernadora Sila M. Calderón, cerró silenciosamente sus puertas desde hace más de cuatro meses. Como si de una conspiración se tratara, no se habló del tema. Por allí cerca pasaron (y pasan) manifestaciones, protestas, gruomaníacos, caravanas, políticos, religiosos, sindicalistas, se celebró el Día del Perro y hasta la parada Gay, pero nadie lo notó. Es cierto que no fue el fin del mundo. No se trata de las hermas atenienses, ni el cierre de Plaza las Américas, sino un simple Archivo General. El lugar donde se encuentra la historia de la nación. Una nación que resiste día a día desde las trincheras de la cultura, el embate globalizador y asfixiante de los imperios. El lugar desde donde provienen las evidencias del devenir económico, político, social, religioso y cultural de la sociedad puertorriqueña durante los últimos 275 años. El lugar desde donde se podrá, algún día, componer la historia del presente.

Hace más de veinte años, que se escucha la voz de los archiveros, historiadores e investigadores pidiendo a alguien que haga algo. Pero no pasa nada. El Archivo lo cierran, lo abren, lo “remodelan”, lo fumigan, lo cierran, le compran aires acondicionados nuevos, lo abren, se rompen los aires acondicionados nuevos, lo cierran… lo cierran sin decir por qué ni hasta cuándo. Eso sí, informan que hasta “nuevo aviso.” En eso son gentiles.

Como pedir no funciona. Como no se puede esperar más. Como está en juego las entrañas del país, propongo al Presidente de la Asociación Puertorriqueña de Historiadores se encarame cuanto antes en la primera grúa que tenga a su alcance y no se baje de ahí hasta que un legislador suba y prometa por su madre que atenderá el asunto. O, de lo contrario, que los archiveros, historiadores, investigadores, y profesores creemos el Fideicomiso Pro Justicia y Dignidad Histórica y lloremos, lloremos mucho frente a las cámaras de televisión para que generosamente lleguen fondos al agonizante Archivo General. Y si esto no rinde frutos, siempre quedará la opción de llamar a Ojeda. ¡Eso sí que funciona!

Mientras tanto elevemos una oración para que finalmente “alguien” se percate de que el edificio no es práctico para albergar un archivo como Dios manda; que no importa cuánto se gasten hoy, tarde o temprano, los hongos volverán y los equipos se romperán. Ese “alguien” además, deberá notar algo ligeramente evidente: el Instituto de Cultura Puertorriqueña no puede administrar correctamente el Archivo General. El grito de autonomía, esta vez, va para el Archivo General de Puerto Rico. Al menos, “hasta nuevo aviso.”


lunes 14 de julio de 2008

Fidel y yo


Parecía como si la muerte hubiera decidido hacerle caso al nobel de literatura José Saramago y, sencillamente, no aparecer ni cumplir sus funciones. Quizás, por esas intermitencias de la muerte, siempre había creído, tal vez a nivel de ese inconsciente jungiano, en la inmortalidad de Fidel Castro. Claro, hasta ahora que me despiertan, las noticias de su enfermedad, posible gravedad o hasta más ¡su deceso como cualquier mortal! Y es entonces, cuando llegan las reflexiones.

Creía que odiaba a Fidel. Pero, ¿cómo aborrecer a un personaje que, en gran medida, ha vivido contigo toda tu vida? Porque en realidad, Fidel ha regido mis destinos. Nací, no bajo la constelación del Toro como dice mi horóscopo, sino bajo los influjos de Fidel Castro. Justo cuando las energías enteras de mi mundo (Cuba) estaban empeñadas en producir diez millones de toneladas de azúcar. Era 1971 y ya se sabía del fracaso total, no sólo de los millones de azúcar, sino también de las 12 millones de cabezas de ganado vacuno y 500 mil toneladas de pescado.

Gracias a Fidel formé parte, durante toda mi infancia, adolescencia y adultez temprana, de un gran experimento, que afuera llaman “Revolución Cubana.” Y, (de nuevo debo dar gracias), por esta casualidad de mi destino, es que ahora, puedo ahorrarme unos cuantos dólares en visitas al sicoanalista, porque de antemano sé exactamente la causa de mis neurosis, mis alteraciones de carácter y también de mis fracasos: Fidel Castro.

A ver si no. Cualquier ente medianamente sensato pensaría que el fracaso estrepitoso de los 10 millones es suficiente para no volver a cometer el mismo error. Pero no. Más tarde la panacea a todas nuestras carencias vendría en forma de vaca (no una vaca cualquiera). La famosa Ubre Blanca, que implantó récord en 1980 de producción lechera y a la que veía (por fuerza) todos los días por los únicos dos canales de televisión, iba a sacarnos del subdesarrollo. Cuba no sólo iba a vender millones de litros de leche de esta vaca, sino que ya en 1987, Fidel estaba seguro de que podría crear “prodigiosos descendientes” que darían cien litros de leche al día cada uno. Veía a Fidel visitar con mucha frecuencia a Ubre Blanca (yo creo que hasta hablaba con ella) e incluso se le hizo un monumento en Isla de la Juventud. Se dice por ahí, en los círculos más paranoicos, que en efecto clonaron a la vaquita y que pronto, muy pronto, nadaremos en mares de leche y abundancia.

Luego, por ciclos intercalados, volvimos todos a meternos en la fiebre del azúcar y más tarde del café. Tuve que ir muchos domingos con mi madre a cortar caña en camiones rusos, con alegría revolucionaria. Luego, con el mismo entusiasmo, sembramos café hasta en los espacios verdes de las carreteras y autopistas. Incluso, papá Fidel (así yo le decía) iluminó a todos con la idea de desecar la Ciénaga de Zapata, ¿para qué hace falta un pantano lleno de cocodrilos, ante la necesidad imperiosa de la Revolución de producir café?

Debo decir que con ese mismo empeño y voluntariedad participé en las diferentes campañas revolucionarias. Contra el dengue y los mosquitos trasmisores (no quedó Aedes Aegipty vivo); a favor de las vacunas (a vacunar a todos los niños en las escuelas con “pistolitas”, en fila india y sin la autorización de los padres); contra los gusanos que se van del país (a tirar huevos a todos los que se aparezcan por Inmigración, si estaban congelados y podridos, mejor); defensa contra ataques aéreos inminentes (a construir refugios subterráneos en cada esquina, no importa que se hunda el país ni que en esos huecos pestilentes se reproduzca el Aedes Aegipty)

Todo esto y aún no sobraba petróleo para mantener alumbradas las casas, ni el azúcar o el arroz para eliminar las “libretas de abastecimiento,” o el dinero para comprar ropas, zapatos y juguetes. Aunque, eso sí, ya éramos un país “en vías de desarrollo” desde hacía mucho tiempo.

Pero llegó lo inesperado. La Unión Soviética y el bloque socialista decidieron cambiar sus rumbos. Así que para nosotros, siempre bajo el liderazgo supremo de Fidel Castro, era la hora de sacrificio (¿más?). Bueno, sin preguntar mucho, ahora debíamos ahorrar petróleo. Nos piden que apaguemos los aparatos eléctricos, las luces y todo lo que huela al preciado líquido. Es la hora de apagones de hasta tres días, de sembrar algo comestible hasta en las macetas de las rosas, de criar cerdos en los baños de los apartamentos, de hacer jabón de sábila, carne de las colchas de mapear y de aprovechar al máximo todo: hasta las cáscaras de los plátanos había que comérselas.

En 1996, debo dar gracias de nuevo a Fidel, porque sin él jamás hubiera decidido marcharme de mi país. ¡Y cómo nadie es profeta en su tierra! Sin él, quizás nunca hubiera tenido que separarme de toda mi familia y vivir sola con mis hijos. Debo agradecerle porque mi esposo no tiene que soportar a su suegra, yo no tengo que cuidar a mis sobrinos y primos (que ni siquiera conozco) y tampoco someterme al escrutinio del clan familiar.

Con este historial nadie se sorprende que todos los días amanezca con un invento nuevo, que me obsesione con empresas quijotescas, que padezca de un extraño síndrome antisocial o que imagine personajes misteriosos que me persiguen y escuchan mis conversaciones y que hasta hable con los animales, especialmente con las vacas.

Gracias a Fidel soy insanamente feliz, obstinada, sé reconocer a un Aedes Aegipty de un mosquito común, sé armar una AK 47 rusa, sé hablar ruso, sé cortar caña, recoger papas, tirar huevos, repetir consignas, correr al refugio más cercano cuando suene la sirena. Puedo vivir sin luz eléctrica, sin comida, sin mi familia y sin zapatos. Y eso sí, siempre optimista, porque sé que soy un ser humano en “vías de desarrollo.”

En el punto ¿rojo? de mi Colimador



No me acuerdo cuándo lo leí. Debió ser en los años de secundaria en la escuela José Martí de Ciego de Ávila, un pueblo enaltecido a provincia por la Revolución Cubana, pero nunca por el desarrollo, donde viví durante la mayor parte de mi infancia.

En fin, lo cierto es que como parte del currículo de mi educación marxista-leninista, debí leer En el punto rojo de mi colimador. Este libro, a diferencia de los que devoraba por ese entonces firmados por Julio Verne y Agatha Christie, no me impresionó por el contenido, sino por su título. Recuerdo nítidamente cómo volaban las imágenes del colimador, ¿qué era?, no importa, la palabra sonaba imponente, abrasante, grande, casi mística. Yo me veía en lo alto de mi propio colimador, que aparecía ante mí como una inmensa montaña tipo Olimpo, y desde ahí auscultaba el panorama, mi vida, sus personajes, mi historia, mi pasado y también, un futuro que desconocía.

Ya han pasado varios años (creo que más de 20) y sigo teniendo problemas con el concepto de colimador. Es claro. Mis imágenes adolescentes han sido más fuertes que los diccionarios y la Wikipedia.

El libro inspirador, En el punto rojo de mi colimador, fue escrito por Álvaro Prendes y cuenta las experiencias del autor como piloto de las Fuerzas Armadas Revolucionarias durante el ataque a Bahía de Cochinos. Obviamente, su colimador debió ser el aparato del avión que no estoy muy clara cuál es su función. Infiero también que los que estuvieron en el “punto rojo de su colimador” no la debieron pasar muy bien. Pero, dice la Wikipedia (que todo lo sabe) que colimador también es “un sistema que a partir de un haz (de luz o de electrones) divergente obtiene un ‘haz’ paralelo.”
Ya lo dije, no sé todavía qué es un colimador. Pero aquí estoy parada, en mi colimador que es (como ya saben) una gran montaña misteriosa, inmensa. Ahora la lleno con un haz de luz paralelo, divergente y homogéneo. También puedo agregarle una mirilla. Roja para no desentonar.
Desde aquí podré escribir lo que quiera y espero tener alguien que lea. Siempre desde la perspectiva (no roja) de mi particular Colimador.